A sus 91 años la cantante y compositora Chavela Vargas, Isabel Vargas Lizano, se comunica en clave poética en el libro “Las verdades de Chavela”, la crónica de largas conversaciones con su periodista de cabecera María Cortina, directora de la Feria Internacional del Libro en el Zócalo de la ciudad de México. Durante la décima edición, Chavela se reunió con sus seguidores en el corazón simbólico del país.

Brenda Macías Sánchez

La noche del sábado 8 de octubre, la ciudad de México se paralizó de alegría porque en el teatro de la ciudad Esperanza Iris, la Vargas dejó atónitos a sus fanáticos, al interpretar piezas compuestas por el rey, su entrañable compañero de borracheras, José Alfredo Jiménez, el del Caballo Blanco y Un Mundo Raro: “Si te acuerdas de mí/ no me menciones/ porque vas a sentir/ amor del bueno”. Chavela Vargas no entiende por qué José Alfredo se le adelantó en el camino si tomaban la misma cantidad de tequila. A ella su hígado se le quedó enterito. Listo para donarlo cuando se muera. Confiesa en la página cuarenta y ocho de “Las Verdades de Chavela”.

La cantante argentina La Negra Chagra la acompañó durante el recital y se dejó llevar por la fuerza de la dama del poncho rojo. En 2004, la Negra Chagra, cantó por primera vez con Chavela, en el estadio Luna Park de Buenos Aires, Argentina. No se cobró ni un centavo para entrar al espectáculo. El único requisito que se pidió a los asistentes fue llevar un libro. Reunieron a diez mil almas que escucharon el mensaje de paz.

Pero fue el 9 de octubre de 2010 en el foro general Carlos Monsiváis, de la décima Feria Internacional del Libro en el Zócalo que se relanzaron “Las Verdades de Chavela”. Si quieren saber más de su pasado, su presente o su futuro. Ahí lo encontrarán. Editorial Océano. Primera edición. 2009.

Llegó ataviada con un jorongo blanco, pantalón negro y gafas oscuras. Su silla de ruedas la condujo al escenario. Una sonrisa permanente la reencontró con su público que siempre la espera. Mientras, sobre la plancha del Zócalo, los comerciantes de libros hacían lo imposible por vender los ejemplares del testimonio. Esos comerciantes que no venden objetos inservibles, sino objetos con el alma de los poetas, narradores, dramaturgos, periodistas o científicos que esperan ser leídos para poder existir.

Todo estaba en su lugar en la gran plaza pública, la catedral metropolitana hundiéndose, las ruinas de un pasado azteca, el templo mayor, el palacio nacional en el horizonte y el rugir de la gran ciudad, capital de México.

Más que un recuento de memorias, “Las verdades de Chavela” son un documento histórico en el que transitan los personajes que le abrieron las alas de la libertad, en el México se sus obsesiones, el lugar que eligió para vivir y triunfar, luego de experimentar una infancia sin amor en Costa Rica, el país centroamericano que la vio nacer. Sería en el México postrevolucionario, en el de la música vernácula, en el México de los poetas populares que consiguió un repertorio para la eternidad.

Tuvo con Agustín Lara una relación muy por encima. Eran como el agua y el aceite. “Él era de lo más cursi del mundo”, recuerda.

En las páginas está la protagonista de su vida, su gran amor, la pintora Frida Kahlo o la ternura mezclada con dolor; las enseñanzas del artista Diego Rivera, el hombre que la respetó con todas sus diferencias. Cuenta que ambos le revelaron el secreto de su arte.

En “Las Verdades de Chavela” se enlistan sus primeros éxitos, sus dolores; España, México, sus amigos y la Macorina. Su Macorina. María Calvo, la modelo de pintores y musa de poetas. La primera mujer que condujo un automóvil en Cuba.

La canción nunca fue tan sensual como cuando la comenzó a cantar Chavela: “Ponme la mano aquí Macorina/ ponme la mano aquí…Tu senos carne de anón/ tu boca una bendición/de guanábana madura…” La canción que le cerró las puertas de la España franquista. Llora Chavela al recordar esa etapa de crueldad e intolerancia donde muere fusilado el poeta Federico García Lorca.

La chamana Chavela, los huicholes de San Luis Potosí la nombraron Cupaima, la última de las chamanas, ha gastado más de nueve vidas. Al público le debe salir librada de la señora Muerte al superar el alcoholismo. Y cerca del final entrega sus verdades en ciento noventa y dos páginas. Recalca que ha vivido todo, todo lo tuvo y con nada se quedó. Aún conserva a su cuatachón Joaquín Sabina y a su admirador, el cineasta Pedro Almodóvar, quien la catalogó como una de las tres voces más dramáticas del siglo 20 al lado de Edith Piaf y Bola de Nieve.

La noche que celebró sus cincuenta años de carrera Chavela Vargas nombró a Lila Downs su sucesora. Hoy sus muertos la reclaman, sus otros amigos del alma la esperan en una cantina prehispánica del paraíso.